lunes, febrero 09, 2009

Manteca

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Experimento demasiado poco osado como para considerarse como tal


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Comienza el conflicto el día en que Juan decide no comprar más manteca.

Juan llega a la casa con todas las bolsas del supermercado. Para abrir la puerta de calle, tiene que dejar algunas en el piso para liberarse la mano y buscar la llave en el bolsillo del jean.

Intenta hacerlo rápido; está oscuro y hay cartoneros.

(Su tía resuena en la nuca: “El peor horario no es bien a la noche. Es tipo ocho o nueve, hasta como a las doce. Cuando están los cartoneros están trabajando. Vieras los robos que hay por esas horas. Después vienen esos camiones enormes todos oxidados y se los llevan a sus villas y ahí está todo re tranquilo.”)

Juan abre la puerta y entra un poco fatigado. Deja las provisiones en la mesa. Sus hermanos se toman todo el tiempo del mundo para levantarse de los sillones frente al televisor. Juan se fastidia y explicita el mandato. (Igual, un poco los entiende. Están dando Seinfeld. Es buenísimo Seinfeld).

Los hermanos se levantan finalmente y van a ordenar los víveres. Cada cosa en su lugar. Minutos después la ausencia de manteca se hizo evidente. Apenas de dio cuenta, uno de los hermanos decidió denunciarlo.

- Che boludo, no compraste manteca.

- Ah, sí, ya sé.

Otro hermano:

- Pero, ¿qué vas a hacer con el bicho, boludo?

- No sé, ya me tiene podrido. Si me quiere comer, que me coma. Pero yo ya manteca no le doy.

Entonces algunos de ellos dijo, emulando a la madre:

- Bueno. Hacé lo que quieras.



Terminaron de acomodar y volvieron a la televisión. Juan hizo lo mismo. Seinfeld aún no había terminado por suerte. Después comieron los fideos que algún hermano hizo. Juan comió poco, estaban pegados y pastosos. Entonces dijo que no tenía hambre y se fue a dormir. Los saludó en dos o tres palabras y ellos contestaron en una o dos más sin dejar de mirar la televisión.


Se metió a la cama con su pijama roto y descolorido. En la pieza no había televisión. Prendió un cigarrillo. Por debajo de la puerta se sentían con breves intervalos las sonrisas pregrabadas de alguna otra comedia yanki. Bostezó de aburrimiento cuando el cigarrillo estaba carca de la mitad. Le dio una pitada más y lo apagó en el cenicero de la mesita de luz. A eso de las 3, el bicho debajo de la cama de Juan salió para comerlo.

Esa mañana sus compañeros de trabajo se extrañaron que llegara tarde.


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sábado, diciembre 06, 2008

Y mamá.

Si quieren, refresquen un poco esto antes: http://crayonesybaba.blogspot.com/2007/02/la-seora-barbieri.html
No es necesario, igual.

Qué lindo volver.

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- ¿Y mamá?

La señora Barbieri raspaba los bordes del plato de porcelana con la cuchara.

- Ya va a venir- dijo mientras acercaba la cuchara repleta de puré de zapallo a mi boca. A mí me gusta mucho el puré de zapallo. La cuchara venía lentísima a mi boca abierta. No pude con la ansiedad y estiré la cabeza para alcanzarla. Cuando creí que la tenía, cerré la boca y me manché todo. Tenía toda la pera y el babero naranja-zapallo, pero igual pude comer un poco.

- Mirá lo que hiciste, Gaby- con paciencia la señora Barbieri agarró una servilleta y me limpió la boca. – Ahora vas a dejarme a mí, ¿dale?

Más enérgica, raspó todo lo que quedaba del puré de zapallo en el plato de porcelana. Luego levantó la cuchara e hizo ruidos de avión mientras la cuchara iba volando hacia mí en círculos. Encantado con el juego, abrí la boca gigante como de cocodrilo; y cuando el avión se dignó a llegar, la señora Barbieri y yo dijimos “Aaamm” al unísono. Nos morimos de risa. Era uno de nuestros juegos favoritos.
No quedaba más zapallo. La señora Barbieri agarró el vaso de vidrio lleno de agua y me lo acercó a la boca. Lo hice bastante bien. Se me hizo un hilito de agua por el costado de la boca mientras tomaba. La señora Barbieri esta vez no dijo nada, y me lo limpió con la servilleta.

- Bueno, Gaby, vamos que es tarde- dijo la señora Barbieri y se levantó a dejar el plato en la pileta.

Ahí pasó. Fue sólo un pequeño quejido, pero la señora Barbieri se dio cuenta y esperó. Poco a poco vio cómo mi cara se endurecía y se ponía más y más roja. Tímido y después no tanto, el olor fue esparciéndose por la cocina. Suspiré tranquilo cuando terminó todo.

- ¿Hiciste caquita Gabriel?- preguntó la señora Barbieri.- Vamos a tu cuarto así te cambio.

Me ayudó un poco- no necesitaba mucha ayuda- a salir de la silla. Después me dio la mano y fuimos a mi cuarto. Mi cuarto tenía las paredes blanquísimas. Tanto que daba ganas de agarrar los crayones y pintarles cosas bien bonitas encima. Me imaginaba algún monstruo enorme de color rojo y cosas así; y, más que nada, la familia entera dibujada con todos los colores. Gigante como la pared tan blanca. Pero no, yo ya sabía que si lo hacía se enojaba todo el mundo. Como esa vez que papá se enojó (no quiero hablar de eso).
El cambiador era una mesa vieja al lado de la biblioteca. Yo alcé las manos, así la señora Barbieri podría poner las suyas en mis axilas. Con un saltito y un “¡jop!”, ya estaba en el cambiador con las patas abiertas. Era cerca del mediodía, pero yo todavía tenía puesto el pijama. La señora Barbieri siempre me lo sacaba después de comer, cuando ya se hacía tarde, porque sino me manchaba toda la ropa linda con puré de zapallo o cosas así. Horrible quedaba. La señora Barbieri puso sus manos en mi cintura para sacarme el pantalón del pijama. Lo hizo rápido y sin problemas y ni siquiera tuve que levantar un poco la cola para que fuera más fácil. Sin el pantalón, quedaron sólo mis patas blancas y mi pañal también blanco. Sonreí un poco cuando vi tantos blancos distintos sin dibujar. Las paredes todas, mis patas, el pañal y hasta el pelo de la señora Barbieri. Creo que ella no se dio cuenta. Buscó las tiritas de cada costado del pañal y tiró. Como un siseo que explota, las tiritas hicieron un sonido como de cinta scotch y el pañal se abrió. Adentro, el pañal no era blanco.
Un desastre. Intenté mirarlo por encima de mi panza. Y pensar que todo eso acababa de salir de mi cuerpo. No lo entendía; pero no se hacía esperar y al ratito lleno toda la habitación de un olor hediondo. A mí me divertía saber que todo ese espectáculo era por mí culpa. Como si fuese el director de una orquesta o de una obra de teatro. Sonreí ancho y rechoncho. La señora Barbieri miró el desastre y sin decir nada me retiró el pañal y comenzó a limpiarme la piel amarronada. Primero agarró algodón y lo mojó con un líquido color crema. Creo que se llama óleo. Una vez me lo dijo pero me olvido porque me importa poco. Me lo pasaba por toda la cola, y cuando el algodón se ponía muy marrón, lo cambiaba por otro. Siempre me daba un poco de risa cuando me pasara el algodón por ahí abajo. Una vez me divirtió tanto que me hice un poco de pis y algunas gotitas terminaron en la camisa floreada de la señora Barbieri. No me podía parar de reír. La señora Barbieri fue suave conmigo pero igual me retó. Ahora ya casi nunca me hacía pis mientras me pasaba algodón, y menos me manchaba las camisas de la señora Barbieri. Pero aún no podía evitar reírme cuando me pasaba el algodón húmedo por ahí abajo. Ella no me decía nada y hasta a veces sonreía al verme reír. Pasó eso esta vez: el algodón me daba risa y la señora Barbieri me sonreía mientras me limpiaba la caca. Primero, me limpió los dos cachetes de la cola. Eso era fácil y no tardaba casi nada. Después, el algodón pasó por las bolitas y el pito. Ahí me morí de risa- igual, también fue rápido. Se tuvo que poner más minuciosa con algunos pelitos donde quedaba caca pegada. Frotó un poco y salió.

- ¡Es tardísimo!- dijo la señora Barbieri con mueca falsa de horror cuando miró su reloj.
- Sí, ¿no?- le contesté.- ¿No debería haber llegado ya?

Extrañamente coreográfico, sonó el timbre cuando terminé de formular la pregunta. La señora Barbieri lanzó un gritito al aire. Los sonidos que no controlaba a veces la ponían nerviosa.

- Voy a atender. Vos mientras cambiate solo, ¿si?- dijo y me dio la ropa con olor a laverap.

La casa tenía una acústica terrible, se escuchaba todo en toda la casa. Cuando se fue del cuarto, sentí cada uno de sus pasos percutir la madera del piso hasta llegar a la puerta de entrada. Hasta el giro de la llave se escuchó. Escuché atento y recreé toda la parte visual en mi cabeza mientras me ponía el pantalón y la camisa.

-Buenos días, Nelly.
- Hola, Julito.

Silencio. Seguro se dieron un beso. La señora Barbieri sabía que se escuchaba casi todo en la casa. Entonces se dieron un beso suave, sin ese chasquido tan común. Probablemente también intercambiaron algunas palabras por lo bajo, cada uno cerca de la oreja del otro. Pasó un tiempito. En eso, me puse las medias y ya empezaba con el zapato derecho. Entonces, la señora Barbieri se hizo escuchar.

- Esperá acá, que le aviso al señor Ernesto.

Me ponía los zapatos y oí las pisadas de la señora Barbieri que volvían.

- ¿Si?- pregunté justo antes de que llegara al umbral de la puerta. La señora Barbieri no se sorprendió.
- ¿Podría retirarme ahora, señor Ernesto? Falta menos de media hora para el mediodía.- dijo con cierta aflicción en la voz para lograr condescendencia.
- Sí, sí, está bien señora Barbieri. Igual, tengo que ordenar algunos papeles todavía antes de irme. ¿Mi portafolio está en el living?
- Sí, en el living, señor.
- Gracias. Que tenga un buen día, señora Barbieri.
- Usted también, señor Ernesto.

La señora Barbieri hizo un ademán de despedida y caminó dos pasos fuera del umbral.

- Ah, una cosa.- dije.

La señora Barbieri volvió a aparecer en el umbral.

-¿Sabe usted dónde está mi mamá?

La señora Barbieri escuchó y levantó el brazo del reloj.

- En un ratito. Ya va a venir.

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martes, junio 17, 2008

Verde, rojo

La casa crujía. Crujía la madera del piso, los muebles, hasta los dientes de Diana cuando dormía. Alejandro seguía despierto, abajo (el dormitorio de ellos estaba en el primer piso). No podía dormir. Nunca podía dormir hasta mucho después que Diana. Eso les había causado algunas peleas, pero hubo tiempo para que se acostumbraran. Entonces Alejandro casi todas las noches, bajaba las escaleras- las escaleras siempre crujen- y se quedaba en el comedor junto al fuego. Sí, tenían una chimenea y la encendían por la noche. El fuego creaba un clima acogedor, pensaban Diana y Alejandro. Así como el sueño a destiempo, el fuego también fue rutina en invierno.
La televisión andaba mal. Los colores, la pantalla se había vuelto loca. Así lo explicaba Alejandro. Donde debía ser verde, rojo. Y así. Se habían acostumbrado y ahora miraban la televisión igual. Como si donde verde, verde. Alejandro se quedaba entonces viendo la televisión todas las noches. Diana arriba siempre durmiendo.
Diana tenía el sueño liviano, no hacía falta mucho para que se despertase. De tanto en tanto recordaba sus días en la ciudad; el ruido de la calle que no la dejaba dormir. Alejandro procuraba bajar el volumen para no despertarla. Las chispas del fuego se mezclaban con el susurro de la televisión, la madera crujiente, mate amargo y amarillo que es naranja.

Una noche alguien golpeó la puerta. El sonido se vio ampliado por la hora ridícula. Alejandro dejó el mate en la mesa y se arrimó hasta la puerta.

- ¿Quién es?

- Tu abuelo.

- Mi abuelo está muerto.

- Ya sé.

Alejandro abrió la puerta y pasé.

Me señaló el sillón vacío cerca del fuego. Él se sentó en el otro. La televisión susurraba y hacia muecas turquesas. Alejandro comenzó a cebar mate (tuvo el gesto de cambiar la yerba). Quedaba bastante agua en el termo así que decidió no calentar más. Pasaron dos, tres, seis, siete. Ahora se veía una pareja de tez azulada gritando estúpidamente bajo.
Siguieron los mates, cada vez más insulsos. Algún mueble se quejó- más fuerte que la gente azul. El silencio se opacaba con el agua del termo. El tipo azul perseguía a la mujer con un hacha fluorescente. La mujer corría asustada, lanzaba grititos. Pobre estúpida: tanto su horror pero la casa rechinaba más fuerte. Alejandro ni veía. Sus ojos apuntaban al televisor porque sí. Estaba más preocupado por encontrarle la última gota al termo.
El tipo azul estaba a los hachazos a la puerta del baño. Ella del otro lado comenzaba a gritar de nuevo. Se puso rosa del susto. Alejandro opacó sus gritos con el ruido de la bombilla. Se le escapó un leve suspiro: era el último. Quedó unos segundos en silencio. Sacudió imperceptiblemente la cabeza, como queriéndose sacar el silencio ya sin mate de encima.
Entonces habló, y sus palabras salieron rumiantes, casi como vino añejo.

- ¿Todo bien?

- Sí, sí, todo bien.

Alejandro sonrió de cortesía. Como si su cara dijese “me alegro” o algo así. Luego volvió la vista a la pantalla. Seguimos así un rato. El tipo azul moría congelado al final de la película. La mina escapaba con el hijo. Sí, había un hijo. Alejandro recién se dio cuenta de que llegaba a su fin cuando la pantalla se puso toda negra (amarilla) por los créditos.
Se levantó. El fuego chispeó como un perro con su dueño. Me levanté con él, más que por cortesía, por caridad. Lento y pesado se dirigió a la puerta. Nos apretamos las manos y deseamos suerte. Alejandro abrió la puerta.


Toc. La puerta fue seca al cerrarse. Alejandro la cerró con llave y luego volvió frente al televisor. Estaba cansado pero no muy cansado. No le gustaba eso de quedarse un rato en la cama hasta dormirse, prefería ir agotado hasta la última gota. Como el termo.
Le dio sed. Pensó en prepararse un café. Se levantó con todas sus rodillas regurgitándole quién sabe qué mala palabras. Fue a la cocina, llenó la pava con agua y prendió la hornalla. Se quedó unos segundos mirando el fuego. Luego lo apagó. Era demasiado tarde para tomar café.
Volvió al sillón, al televisor. Cambió erráticamente los canales mientras observaba el fuego de la chimenea. No tenía frío pero lo alimentó igual. El fuego chispeó alborotado y las maderas todas crujieron con él. Alejandro intentó callarlas con la mirada y buscó en el aire algún ojo inquisidor que diera cuenta del delito. Esperó unos segundos. Luego suspiró aliviado: sólo se escuchaba a los lejos el eco de los dientes crujiendo. La tensión lo agotó y supo que era momento de ir a la cama.
Apagó el aparato y las luces de la sala. Subió las escaleras a oscuras- cada uno de los escalones- y llegó al umbral de la puerta. La había dejado entreabierta. Sólo tuvo que empujar suavemente y entró. Diana dormía. No podía verle la cara porque tenía la frazada hasta bien arriba. Alejandro se sentó en la cama, dándole la espalda. El colchón se quejó al adaptarse a su peso.

La escuchó.

- ¿Todo bien?

Sonaba fresca. Alejandro volvió la cara a ella un segundo. Diana no se había movido en absoluto. Seguía sin cara, inescrutable. Alejandro volvió la cara a la pared.

-Sí, sí, todo bien.

jueves, marzo 27, 2008

La noche anterior a molerte a golpes


No, no me morí. Acá va algo poco condimentado. El próximo tendrá cañones y trompetas. Gracias a todos por el aguante. (¿?)

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--Llegué a casa, a la cama nuestra. Vos ya estabas dormida. Claro, era tarde. Hacía tanto calor. Dormías desnuda, como en tantas otras noches de verano. Linda escena, la persiana estaba abierta- la cerraría más tarde- y la luz de la luna le pegaba a tu cuerpo como de refilón, azulando tu contorno. Dormías de costado, del lado de tu mesita de luz, casi no te podía ver la cara porque la luna no le llegaba. Respirabas tranquila, como siempre que no te agarraba una de tus pesadillas. Lento, uniforme, calmo.
--No prendí la luz, no. Te hubieses despertado. Me hubieses preguntado donde estuve. Y para qué hacer más cháchara si vos y yo sabíamos el resto. No, no prendí la luz porque te preferí así: azulada, calma, casi sin poder verte la cara.
--Me saqué las ropas y las dejé por ahí. Calor. Estabas tan desnuda, azulnegra. Me recosté del otro lado del mundo. Vos hiciste como si nada otra vez. ¿Te acordás cuando no podías dormir sino te acariciaba la cabeza, mientras mirábamos alguna estupidez en la televisión? Y ahora dormías tan profundo, tan hondo. Tan hondo como el final de un pozo ciego. Me viene a la cabeza ese capítulo que tanto te gustaba. Cuando Traveler juntaba las cabezas con Talita para intentar soñar lo mismo.
--Tan desnuda vos. Te miré años esa noche. Siempre te miraba años. Te miro, delineo tu contorno para que no te me escapes. A veces me da ganas de dibujarte con la punta del dedo índice. Rozándote apenas.
--Pero no.
--La respiración encontró su ritmo mirándote. Una vez soñé con vos. Bueno, no una vez, claro, pero esta fue especialmente cálida. Soñé con tu sonrisa. No recuerdo nada más. Esa mañana te preparé el café. Creo que hasta te lo llevé a la cama. Vos dijiste gracias. Ahora te tenía azul, acá, sin sueños, sonrisa o café. De a poco fue lo mismo verte que pensarte. Me supe sin párpados y vos, finalmente, te confundiste con lo negro.

jueves, noviembre 29, 2007

Alguien que no

a Octavio Baraboglia.
Fuiste tanto que estás en todos.



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--Pero no entró. Miró las escaleras y hasta pensó en entrar. Pero no lo hizo. Se fue para un costado para que la marea de gente no lo arrastrara. Por un momento, se quedó quieto. Después giró y comenzó a caminar hacia el otro lado.
--Caminó, así, caminó por Florida. Sorteando gente que volvía a sus respectivos barrios, a sus respectivas casas y familias también. Pero Rogelio, que así se llama, no. Rogelio iba en dirección contraria a la de su barrio, a la de su casa. Hoy Rogelio pensaba hacer algo distinto.
Pasaba entre la gente por la calle Florida. No miró las vidrieras al pasar. De hecho, no miraba nada. Creo que más bien estaba muy cómodo siendo una persona con sombrero de copa y sobretodo gris que caminaba contraria al sentido habituado. Eso, quizás, le bastaba. Por eso no miraba a los costados ni a las caras de la gente. Él caminaba. Y estaba bien caminando.
--Pero paró. En algún momento el camino terminó. Rogelio, sin siquiera anunciarlo, se detuvo. Mentiría diciendo que fue abrupto. Más bien, fue como cualquier persona de sombrero de copa y sobretodo que se sienta en un banco de la plaza San Martín. De todos modos, la manera en que se detuvo no es algo nodal en esta historia.[1]
--Quedóse ahí, pues, sentado, sin mayor explicación. No fueron diez, ni quince, ni veinte minutos. No sé cuánto fue. Era invierno, el sol se apuraba en ocultarse en el horizonte de edificios. Las viejitas, sus palomas y sus perros, poco a poco se iban retirando a sus respectivos barrios, casas, familias. Ya no se escuchaban a los niños bajando del tobogán más alto ni el ¡plaf! que hacían al caerse en la arena.[2]
--Los faroles se prendieron cuando del sol ni se sabía. De a poco inundaron la noche los grillos y esos bichitos sin nombre con sus sonidos homogéneos y constantes. La noche- sin necesidad causal, sin siquiera algún resabio metafísico recalentado- se instalaba y Rogelio, tal vez también algún otro pero más que nadie Rogelio; Rogelio estaba en ella. Era, así, de noche.
Primero la zona, como siempre, seguía colmada de autos (y colectivos). La terminal de colectivos[3], la estación de trenes y otras cosas así que también congregan se encuentran cerca de la plaza. Uno a uno iban – miento- montones a montones iban entonces calle abajo hacia aquellas destinaciones que nuestro Rogelio abdicaba. De las que Rogelio no daba cuenta. Él estaba ahí, con su carencia. Eso parecía contar sus ojos.
--De todas maneras, si Rogelio no se hubiese percatado de lo colectivos, lo más probable es que no hubiese dilatado tanto el momento de hacer aquello que dio tanto que hablar. Él, dicen muchos, esperaba. Con los ojos fijos (clavados) en eso que ya no estaba.
--Una pareja joven estaba en un banco cerca de Rogelio. Hacían las cosas que hacen las parejas jóvenes en los bancos de las plazas. Estuvieron un rato hasta que pararon. Ella se había enojado por algo y él intentaba disculparse. Después empezaron. Después, de otro rato más largo, pararon. Luego se levantaron y se fueron. Cuando caminaban, él le rodeaba la cintura con el brazo.[4] Quedaron solos, entonces, Rogelio y ese que dormía en otro banco.[5]
--El espacio se veía sumergido en un silencio tal- o, más bien, un no-ruido- que esos sonidos que les conté que hacían los grillos y bichos sin nombre, comenzaron a tomar protagonismo. Se formó paulatinamente un colchón de ellos que no sabía de vida urbana.[6] Lavida de Rogelio se resumía en la mirada fija en aquello que no estaba. Qué le importaban los grillos o el tipo aquel que fingía (estaba segurísimo) estar dormido. Rogelio no se fijaba en su reloj. Pero los minutos iban colándose uno a uno todos desorganizados y sin ningún orden aparente. Hubiese sido insoportable para cualquier otra alma testigo.[7]
--Pasó quién sabe cuánto tiempo anónimo. Rogelio y su mirada. Su mirada que no encontraba. Nada sino espacio. Sino ausencia, carencia. Sus ojos parecían querer comerse, cancelar el desencuentro. Era totalmente inverosímil. Ridículo. Cómo la nada, si lo que fue, fue tanto. Inconcebible tanto vacío sin cicatrices. Hasta el aire que respiraron debía ser de más espeso. O azul. Tan presente era su ausencia que irremediablemente absurdo se hacía no poder tocarla.
--Lo que primero fue tristeza y desengaño, paulatinamente se convirtió en enojo.[8]Con qué derecho, con qué autoridad se mostraba aquel banco verde tan real. Tan tangible. Rogelio estaba seguro de que si se acercaba al banco podría tocarlo, sentir la textura de la madera pintada curtida por el tiempo. Si acercaba la lengua, sentiría el gusto a madera pintada de verde. Y, claro, lo mismo pasaría si lo olía. Estaba ahí, sin más. Rogelio sintió esa certeza como un escupitajo al alma. Supo hasta en los dientes que no había ojos, lengua, nariz o piel que le hablara de eso que ya no estaba. Qué ente perverso había decidido disponer las cosas de aquel modo.
--Rogelio vio de pronto la conspiración malévola a la que estaba sometido. Como quien sorprende a un colega robándose una lapicera de su despacho. No, aún peor. Paulatinamente Rogelio dio cuenta de ese sometimiento injusto, de esa íntima violencia solapada.[9] Entendió el pacto tácito al primer mordisco de manzana. Sintió su sangre espesa y de los ojos cayeron un par de lágrimas. (No llegó al llanto, la tormenta empezaba y hubiese sido redundante.)
--Se levantó del banco. La tormenta se asentaba vigorosa.[10] Estuvo unos segundos parados sin moverse. Con pasos anchos, se hizo paso en la cortina de agua hacia aquel famoso espacio vacío. Fue entonces cuando Rogelio se agachó.[11] Su respiración se hacía lugar entre los grillos. Sus dedos escarbaban erráticos. Buscaban y buscaban mientras las gotas los recorrían y lamían todos. La uñas también. Las uñas buscaban y, cuando encontraban, penetraban en las aberturas de la baldosa testigo. El barro, a su vez, se hacía paso en los resquicios entre las uña y la carne. Algunas, una o dos, no resistieron y se quebraron. A Rogelio no le importó. Su sombrero de copa había quedado en el suelo luego de un brusco movimiento de cabeza. Rápidamente se le formó un surco de agua que empezaba en su pelo, alguna vez tan pulcro, tomaba forma en la frente, se definía elegante en la nariz y concluía en un flaco chorrito hacia el abismo. [12]
--Al cabo de unos minutos, la baldosa comenzó a ceder. Rogelio tenía los dedos muy lastimados pero él nunca lo notó. Con toda la fuerza que disponía, siguió tirando para arriba. Finalmente tuvo la baldosa entre sus manos . El corazón le salía del pecho. El cielo relampagueaba como programa japonés. Rogelio se irguió, imponente, y abrazó con todo el cuerpo la baldosa.[13] Los árboles se quejaban de viento. Cada tanto, un trueno copaba el escenario. Los grillos ya eran impensables en ese contexto. La respiración agitada de Rogelio, algo meramente tácito en el presunto caos. Se aferró con más fuerza al objeto que llevaba junto al pecho y comenzó caminar- casi trotar –hacía algún sitio que lo reparara mejor del tiempo.
¡Plaf!, ¡plaf!, ¡plaf! Los zapatos de Rogelio chapoteaban en los charquitos y pequeñas corrientes de agua improvisadas por la tormenta. El viento le opuso la resistencia necesaria como para sentirse agredido. Tal era la violencia del soplido que Rogelio tuvo que flexionar un poco las rodillas y ejercer cierta fuerza para avanzar. Sin pensarlo demasiado, terminó debajo del techo de una construcción erigida junto al arenero para quién sabe qué. Notó con el rabilo del ojo que el indigente también estaba ahí; tirado o acostado, durmiendo o intentando hacerlo. Dada la situación hostil, Rogelio decidió quedarse en aquel sitio hasta que el tiempo mejorara un poco. Recién en ese momento se dio cuenta de lo empapado que estaba y de que de su sombrero no había rastro. Su pelo estaba empapado; también la cara, que hasta un poco de barro tenía. Rogelio sostenía-abrazaba- con firmeza la baldosa y la ocultaba de ojos inapropiados con su sobretodo. [14]


Rogelio le pagó el monto requerido al taxista. Se despidió y salió del auto con la baldosa siempre entre sus brazos. El coche no tardó en arrancar a paso ligero.
Necesitó girar dos veces la llave para poder entrar a su casa. Como todos los días. Acto seguido encendió la luz y, luego de tirar por ahí el sobretodo, buscó una esponja para limpiar la baldosa. Tuvo que frotar fuerte. El barro y la mugre se fueron yendo sin demasiado orden por los tres huequitos del lavabo. Después la secó con una toalla beige. No se preocupó mucho por sus uñas. Se limitó a enrollar a la que sangraba un poco con una servilleta.
Rogelio dejó un momento la baldosa en la mesa de luz del dormitorio para ir al baño. Hizo pis sentado y se lavó los dientes. Con una punta del pie derecho, hizo presión en el talón del zapato izquierdo y este salió sin mayor esfuerzo. Así también hizo con el zapato derecho Luego se sacó el pantalón y calzó un short blanco que hacía de pijama. Abrió la cama mientras tomaba aire. Se lo veía tranquilo, acaso imperturbable. Aquel en la tormenta parecía de otro relato. Sólo sus ojeras daban cuenta de una finitud que le costaba aparecer.
Era tan tarde ya. Rogelio comenzaba a desabotonarse la camisa cuando su cuerpo todo se dio cuenta al unísono. Se dejó caer en la cama. Pero no, algo faltaba. Con un esfuerzo irrisorio para aquellas horas estiro el brazo hasta la mesa de luz del otro lado del mundo. Agarró la baldosa y la acomodó al lado suyo. Estaba ligeramente inclinada en la almohada conjunta a la de Rogelio, en la almohada vacía. Rogelio apoyó la cabeza a su lado y fue como si el universo entero le hiciese coda. Metió las piernas debajo de las frazadas y después de un movimiento torpe de brazos, ambos quedaron tapados. Algún ojo sensible o ligeramente perturbado diría que era conmovedor. Rogelio apagó la lámpara a su lado y todo fue obscuro. Esa noche soñó con viento en hojas de plaza, la sensación cálida del sol en la nuca y una sonrisa de mujer en primavera.

Al despertar, antes siquiera que la luz, Rogelio sintió un profundo olor a jazmines. Sonrió apenas y con una de esas certezas que ya no existen, buscó con su brazo en el otro lado de la cama.
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[1]Pido disculpas por mi falta de ortodoxia como narrador de lo que usted está leyendo. Me resulta muy difícil su abordaje dada su extraña temática y por otras cuestiones que prefiero reservarme. A veces la risa, el divertimento, maquilla marcas que no nos son tan placenteras. Reitero mis disculpas y les aseguro que pondré todo mi empeño en relatar lo sucedido de una manera acorde a los eventos acontecidos. De todos modos, les pido a ustedes, que conocen mi historia, que sean indulgentes conmigo.
[2]Dicen que había un espacio de juegos para los niños a una distancia relativamente cercana de donde Rogelio estaba sentado. Dicen, también, que este espacio de juegos tenía mucha arena para amortiguar sus caídas. Usualmente esto producía reacciones varias a los padres de los niños, dado que muchos se quejaban de tener que gastar valiosos minutos en sacarles la arena que se metía en las zapatillas
[3]Algunos prefieren utilizar la palabra “micros” en vez de ésta al considerarla más rigurosa. A mí, francamente, no me importa.
[4]Puede que lo hayan visto a Rogelio una de las veces que pararon. Es posible que se hayan sorprendido de que la mirada de aquel hombre con sombrero de copa se dirigiese siempre a la misma zona.
5] Juan habíase empezado a acomodar poco tiempo después de que Rogelio se hubo sentado. Se había tapado con unas cuatro o cinco frazadas desgastadas. Para que evitar la incomodidad de la madera hostil del banco, Juan acostumbra, se sabe, desplegar un fino papel, quizás plástico.
[6]Siempre me resultó curioso pensar en estos escenarios que se despegan de la rutina. El lugar donde estaba Rogelio, por las mañanas podía ya ser bastante caótico. ¡Ah! Mítica Buenos Aires, ciudad de sueño gris, sonrisita y escote, arrabal for export y tanto otro ¿Es, acaso, el mismo lugar que cuando Rogelio cerraba los ojos y todo era grillos, bichitos sin nombre? O más bien es un ir y venir constante… El lugar donde me encuentro podría no depender tanto como creemos de la ubicación geográfica. Quién sabe. De todos modos, Rogelio nunca pensó en esto.
[7]Tenemos suficientes pruebas como para sostener que, al contrario de lo que Rogelio suponía, el indigente estaba dormido.

[8] Claro que aquel en el otro banco, los grillos y el resto de su entorno, no podría haberse percatado de ello. El rostro de Rogelio, parcialmente cubierto por la sombra que le proporcionaba su sombrero, permanecía casi inescrutable. Aunque algunos, sin duda observadores más perspicaces que su narrador, sostienen que los ojos de Rogelio comenzaron a reflejar un frío gélido. No sé qué quisieron decir con eso.
[9]Confidentes aseguran que Rogelio asoció rápidamente este pensamiento a su amigo Ernesto diciendo “Es lo que hay”.

[10]Juan había detectado la tormenta minutos antes de que llegara. Esto le permitió sentirse muy desdichado y, a su vez, cambiar su locación a un lugar más reparado.
[11]Algunos cuentan en este momento que justo en aquel momento se escuchó un trueno. Juzgo que toda esa cháchara es una mentira inventada como decoración barata.
[12]Técnicamente, el chorrito caía en el suelo de la plaza, como las demás gotas. En este caso, caía específicamente en la baldosa a cual Rogelio arremetía. Opino que esto se debe a la poca distancia que había entre su cabeza y dicha baldosa.
[13]Comentan que si se llega a hacer la película, en este momento habría un paneo de trescientos sesenta grados de Rogelio abrazando finalmente la baldosa; también música de violines y, quién te dice, algún timbal.
[14]Releyendo los borradores de esta narración, he encontrado bastante molestas las numerosas notas al pie de página. De todos modos, tomo la decisión de no censurarme y enchufárselas al lector. Por otro lado, y dado que catorce es un buen número, no verán más notas al pie en lo que queda del relato.

 
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