lunes, junio 08, 2009

Ehm, por un tiempo no va a haber mucho por acá.
Si alguno por esas cosas de la vida quiere leer alguno de los cuentos aqui publicados, me chifla.

jueves, marzo 26, 2009

Perfume

--Eras tan difusa. Tu presencia de carbonilla nos confundía a todos. Te escapabas arenosa de todas las miradas. Y eso que te miraba, sí que te miraba. Todos en el trabajo lo hacíamos. Recuerdo cómo siempre te me alejabas. Buscaba conversación, te hablaba del arte, del amor, del clima. A todo asentías, a todo le sonreías. Luego seguías con tus cosas. Recuerdo tus- labios, tu boca borroneada carmesí. Tus gestos todos, que si tenés suerte se ablandan un segundo y te indican-señalan-inclinan a rutas siempre falsas. Seguías hablando, pero ya no estabas debajo de tu voz. Así, volvía al principio, a tus sonrisas carbonilla, al clima y el arte.
--Eras perfume, perfume. Etérea, imaginarte y verte eran casi lo mismo. Tu sonrisa era igualmente imprecisa en ambos terrenos.

--Un día cualquiera, casi inexplicable como ciertas lluvias o ciertas muertes, aceptaste tomar un café. Hablamos del arte, del amor, del clima. Yo esperaba a que te me fueras de nuevo. Te extrañaba de antemano, buscaba en tus labios aquella sonrisa que nunca supe si era redentora o fatal, pero que siempre anunciaba tu vuelo lejos de mí.
--Finalmente sonreíste. Pero fue distinto; me preguntaste si podía acompañarte a tu casa. Dijiste que estaba oscuro. Yo te hacía en lugares impenetrables en ese momento, pero te escuchaba hablar y algo de vos parecía quedarse ahí conmigo. Seguimos hablando durante todo el trayecto del colectivo. Llegamos y me invitaste a pasar.

--Yo no entendía nada. Me ofreciste algo para tomar y te dije que no gracias. Hablamos un poco más, luego pareció que tomaras una decisión y acercaste tu boca a la mía. Yo no entendía nada. Te besé. Para mí sorpresa tus labios tenían textura, eran de carne y entendí que tenían sangre por dentro. Te besé. Te sacaste la remera y me la sacaste a mí también. Poco a poco te fuiste haciendo más concreta. Ya no volabas: eras mujer, eras aliento caliente y sudor salado. Tanteabas, me buscabas por arriba del jean hasta que decidiste sacármelo también. Fuimos a la cama y entre besos terminamos de desnudarnos. Tu sonrisa ahora se deleitaba antes la promesa de placer; tus gestos ya no inclinaban, tus gestos ahora empujaban. Te pusiste boca abajo y recorrí tu espalda con un soplido. Te contorneabas y tiritabas en cada centímetro; no quisiste aguantar más y sacaste la cadera hacia fuera, echándome hacia atrás. “Cojéme”, dijiste en una súplica vertiginosa.
--Ahí te ví. Tu espalda agitada por la respiración a borbotones, el olor dulzón de tu humedad, tu culo parado invitándome a entrar. Tu culo fáctico, sórdido, salado, denso, constante, demandante, suplicante, bestial, gutural, mecánico-artificial, trémulo-animal, que le urgía, que necesitaba, que rogaba.


--Por eso no se me paró, Ludmila. ¿Me pasás la media que está a tu izquierda, por favor?


lunes, febrero 09, 2009

Manteca

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Experimento demasiado poco osado como para considerarse como tal


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Comienza el conflicto el día en que Juan decide no comprar más manteca.

Juan llega a la casa con todas las bolsas del supermercado. Para abrir la puerta de calle, tiene que dejar algunas en el piso para liberarse la mano y buscar la llave en el bolsillo del jean.

Intenta hacerlo rápido; está oscuro y hay cartoneros.

(Su tía resuena en la nuca: “El peor horario no es bien a la noche. Es tipo ocho o nueve, hasta como a las doce. Cuando están los cartoneros están trabajando. Vieras los robos que hay por esas horas. Después vienen esos camiones enormes todos oxidados y se los llevan a sus villas y ahí está todo re tranquilo.”)

Juan abre la puerta y entra un poco fatigado. Deja las provisiones en la mesa. Sus hermanos se toman todo el tiempo del mundo para levantarse de los sillones frente al televisor. Juan se fastidia y explicita el mandato. (Igual, un poco los entiende. Están dando Seinfeld. Es buenísimo Seinfeld).

Los hermanos se levantan finalmente y van a ordenar los víveres. Cada cosa en su lugar. Minutos después la ausencia de manteca se hizo evidente. Apenas de dio cuenta, uno de los hermanos decidió denunciarlo.

- Che boludo, no compraste manteca.

- Ah, sí, ya sé.

Otro hermano:

- Pero, ¿qué vas a hacer con el bicho, boludo?

- No sé, ya me tiene podrido. Si me quiere comer, que me coma. Pero yo ya manteca no le doy.

Entonces algunos de ellos dijo, emulando a la madre:

- Bueno. Hacé lo que quieras.



Terminaron de acomodar y volvieron a la televisión. Juan hizo lo mismo. Seinfeld aún no había terminado por suerte. Después comieron los fideos que algún hermano hizo. Juan comió poco, estaban pegados y pastosos. Entonces dijo que no tenía hambre y se fue a dormir. Los saludó en dos o tres palabras y ellos contestaron en una o dos más sin dejar de mirar la televisión.


Se metió a la cama con su pijama roto y descolorido. En la pieza no había televisión. Prendió un cigarrillo. Por debajo de la puerta se sentían con breves intervalos las sonrisas pregrabadas de alguna otra comedia yanki. Bostezó de aburrimiento cuando el cigarrillo estaba carca de la mitad. Le dio una pitada más y lo apagó en el cenicero de la mesita de luz. A eso de las 3, el bicho debajo de la cama de Juan salió para comerlo.

Esa mañana sus compañeros de trabajo se extrañaron que llegara tarde.


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jueves, marzo 27, 2008

La noche anterior a molerte a golpes


No, no me morí. Acá va algo poco condimentado. El próximo tendrá cañones y trompetas. Gracias a todos por el aguante. (¿?)

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--Llegué a casa, a la cama nuestra. Vos ya estabas dormida. Claro, era tarde. Hacía tanto calor. Dormías desnuda, como en tantas otras noches de verano. Linda escena, la persiana estaba abierta- la cerraría más tarde- y la luz de la luna le pegaba a tu cuerpo como de refilón, azulando tu contorno. Dormías de costado, del lado de tu mesita de luz, casi no te podía ver la cara porque la luna no le llegaba. Respirabas tranquila, como siempre que no te agarraba una de tus pesadillas. Lento, uniforme, calmo.
--No prendí la luz, no. Te hubieses despertado. Me hubieses preguntado donde estuve. Y para qué hacer más cháchara si vos y yo sabíamos el resto. No, no prendí la luz porque te preferí así: azulada, calma, casi sin poder verte la cara.
--Me saqué las ropas y las dejé por ahí. Calor. Estabas tan desnuda, azulnegra. Me recosté del otro lado del mundo. Vos hiciste como si nada otra vez. ¿Te acordás cuando no podías dormir sino te acariciaba la cabeza, mientras mirábamos alguna estupidez en la televisión? Y ahora dormías tan profundo, tan hondo. Tan hondo como el final de un pozo ciego. Me viene a la cabeza ese capítulo que tanto te gustaba. Cuando Traveler juntaba las cabezas con Talita para intentar soñar lo mismo.
--Tan desnuda vos. Te miré años esa noche. Siempre te miraba años. Te miro, delineo tu contorno para que no te me escapes. A veces me da ganas de dibujarte con la punta del dedo índice. Rozándote apenas.
--Pero no.
--La respiración encontró su ritmo mirándote. Una vez soñé con vos. Bueno, no una vez, claro, pero esta fue especialmente cálida. Soñé con tu sonrisa. No recuerdo nada más. Esa mañana te preparé el café. Creo que hasta te lo llevé a la cama. Vos dijiste gracias. Ahora te tenía azul, acá, sin sueños, sonrisa o café. De a poco fue lo mismo verte que pensarte. Me supe sin párpados y vos, finalmente, te confundiste con lo negro.

jueves, septiembre 14, 2006

Corrección

Publico lo que acabo de escribir, apenas corregido.

Corrección

Hace tiempo que sólo hablo de relojes blandos y la mañana me asalta con un lagrimón errante. Les cuento que era poco ortodoxa mi versión del episodio de la otra noche. En realidad, Javier no era de barro y no existe. Estaba Luis, entonces la historia cambia. Mamá no despierta al bebé por su presencia inflamable. Ah, y lo que se escuchaba era una versión bastardeada de una canción que no es tan bonita.
Esperen, está todo desordenado. Es así: Cuando Luis entra a la casa, Mamá no puede despertar al bebé porque sabe que el niño llora. A Luis no le gusta que lloren. Javier no estaba porque no existía, entonces no llenó de barro los muebles y esas cosas terribles que les comenté no pasaron. Cuando baja las escaleras mamá, se topa con Luis que preparaba el mate. No, no, el té porque él es anglofílico. El vapor que emana la infusión le recuerda a calles nubladas (Javier hubiese hecho mate si no fuese de barro y existiera).
Esa es más o menos la historia. Creo innecesario extenderme horas describiendo el homicidio. Todos leyeron los diarios y conocen el espantoso final.
 
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