viernes, enero 28, 2011

Astronauta

Abro la canilla y dejo la Gillette dos segundos bajo el chorro. Los pelitos persisten, después ceden con la ayuda del pulgar. Levanto la cabeza y miro al espejo. Hay tiempo.



“¡Mm-Maa, Pa, ch-chicos, vengan, vengan!”


Pusimos en pausa al family y fuimos corriendo a buscar el grito. Ahí estaba Rodrigo, gringuísimo, con una sonrisa que no le cabía en la cara. Emergió entonces papá de la televisión y mamá de la cocina con olor a orégano.


Rodrigo sólo pudo señalar dónde. Nos miramos y no entendíamos por qué sus deditos inmaculados apuntaban al inodoro. Rodrigo hacía ya un rato que había aprendido a controlar su esfínter. Temimos. Uno finalmente se atrevió a mirar y ante su exclamación, nos dispusimos de a montones en semicírculo.


Era increíble.


Estábamos ahí, juntos tomados de las manos, contemplando cómo se imponía desde el fondo de la loza blanca, morocho, latino y audaz, el sorete erecto de Rodrigo. La familia se deshizo en un alarido de placer. Papá se hinchó de emoción y de pronto lo imaginó astronauta y feliz. Nos abrazamos estrechos y le dijimos cuánto lo queríamos. Mamá fijó la vista en el techo y dijo que era la abuelita que nos mandaba una señal. El sorete apuntaba hacia el cielo. Bajamos la cabeza, Papá encendió un fósforo.



Cierro la canilla del bidet, me seco y lavo las manos. Tiro la cadena sin mirar atrás.

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martes, agosto 24, 2010

Dios, el cielo, los ángeles y esas cosas.

Entonces muero. Y sí, el túnel, la luz y San Pedro. Posta, San Pedro. Ahí está, todo lookeado. Blanquísimo, con barba y la aureolita levitándole arriba de la cabeza. Saca el manojo de llaves de la túnica y de pronto aparece en medio de las nubes, un portón dorado, grande y estúpido. San Pedro pone la llave en la cerradura, la gira y con un ademán me invita a pasar.
Lo miro y me mira. La indignación me puede y decido hablarle.

- ¿Qué hay del otro lado?
- Y, Dios, el cielo, los ángeles y esas cosas.
- ¿En serio?
- Sí.

Turbado, camino unos pasos hacia el portón. Me detengo en el umbral.

- Pero, ¿y la posmodernidad? ¿Y Nietzsche?

San Pedro sonríe.

- Puras boludeces.


Adentro, los ángeles alados cantando con sus arpas, niños riendo y el abuelo que saluda.
Los miro, bostezo, y entre nube y nube, me voy perdiendo.

sábado, noviembre 14, 2009

A través del vidrio hasta avergonzarse

Rogelio presiona el botón redondo y de él sale una torpe luz amarilla. Digo torpe, porque Rogelio está acostumbrado a la luz roja de los botones del ascensor de su edificio, mucho más modernos que éste con esa pálida luz amarilla que ni siquiera llega a encender toda la superficie del redondel. Es el octavo piso, y el silencio desvelado acentúa impúdico los ruidos de poleas y tantos otros mecanismos que no conozco. Algunos sonidos sólo se dejan ver de noche.

Se miran sin querer verse pero sin saber qué hacer sino. Minutos antes, Rogelio supo que nunca más vería a Clara. Clara, por su parte, nunca se puso a pensarlo, pero en realidad lo sabía desde hace unos días. Ahora ensayan diálogos que al día siguiente olvidarán. Ella juega con su ojota izquierda, sacándosela y poniéndosela mientras se sostiene con la pierna que queda. Él mira su juego, y recuerda la primera vez que bajó a abrirle la puerta. Descalza y con un vestidito que apenas la disimulaba. Sin el menor reparo, como si ella decidiera cuándo el mundo entra y cuándo no.

Un olvido mentado deja el disco de Jorge Drexler en casa de Clara. Están a pasos de su puerta, esperando el ascensor para que ella le abra la puerta de entrada. Rogelio no lo olvida para volverlo a buscar, sino movido por la esperanza fatua de paliar el olvido. Los recuerdos son solubles en fábulas, pero la materia permanece. Conoce un poco a Clara- no hubo tiempo para más-, y sabe que si se lo dice, ella no aceptaría. Además, como buen hijo de un occidente nostálgico, considera más romántico el acto clandestino. La irracionalidad poética es lo único asequible en la tragedia del desencuentro.

Un sonido metálico lo devuelve a ficciones más cercanas. Llega el ascensor, la luz amarilla del redondel se apaga. Rogelio abre las puertas y deja pasar a Clara como le enseñaron de chico. Ahí, encerrados en ese cuadrado dos por dos, la extravagancia entra en clímax. Él hace un chiste, ella no lo escucha pero adivina el tono y se ríe. Todo resulta y desencajado. Un tiempo fuera del tiempo, un tiempo chueco, obligado a ser extraño a sí mismo. Dos viejitos bailando cumbia en un casamiento. Donde la torpeza no existe siquiera porque tampoco hay modo alguno de hacerlo bien.

De niño, en sus viajes por la ciudad, a Rogelio le gustaba mucho ir al zoológico. Cuenta siempre su madre que cuando su hijo miraba los elefantes, ya pensaba en las jirafas; y cuando las jirafas, los leones. Ahora Rogelio y Clara en el encierro obligado por cincuenta segundos enteros, y Rogelio se escapa pensando en la puerta de entrada. Hay una razón: el beso de despedida en la puerta. Rogelio planea darle un gran, gran beso. De nuevo, no por el afán de retenerla, pero sí de retenerse. Dejar a Clara con ese beso en la boca cuando vuelva por el pasillo, en los cincuenta segundos de vuelta por el ascensor y hasta unos minutos ya dentro de su departamento. Supone que ella no se negará. Quién te dice, quizás pasa como en la televisión y un día se encuentran en un colectivo con aquel beso paspado en algún lugar de sus bocas.

El ascensor se detiene en planta baja. Rogelio abre las dos puertas y cede el paso a Clara, quien tampoco ésta vez le agradece el gesto. Caminan por el pasillo angosto, largo y blanco sin mirarse. El chancleteo de Clara es lo único que dispone al tiempo a moverse y al pasillo a terminar. Llegan a la puerta. Rogelio se acerca levemente para no amedrentar. Clara saca la llave del bolsillo, la gira en la cerradura y abre la puerta.

Del lado del afuera se descubre un chico, con remera y gorra del mismo color. Pregunta si son para ellos las cervezas. Clara y Rogelio contestan que no a destiempo. Se quedan en el umbral y Rogelio avanza diez centímetros más. Una ráfaga de aire frío irrumpe con el ruido de los colectivos y ella se estremece. Rogelio busca su boca y Clara la encuentra. Entonces escuchan los pasos ligeros de alguien que se acerca y deben separarse casi sin haberse juntado. Se corren un poco al costado para dejar pasar al hombre y observan sin pensarlo la transacción. Clara evidencia el frío, Rogelio ensaya otro beso rápido y sale por la puerta antes que el comprador la cierre con llave.

Clara da media vuelta y comienza a hundirse con sus ojotas en el pasillo. Rogelio la mira un segundo a través del vidrio hasta avergonzarse. Saluda con un ademán al chico del delivery que enciende su moto. Camina hasta la esquina, se detiene sin decidirse a dónde ir. La gente, los autos, los colectivos, las luces.




lunes, junio 08, 2009

Ehm, por un tiempo no va a haber mucho por acá.
Si alguno por esas cosas de la vida quiere leer alguno de los cuentos aqui publicados, me chifla.

jueves, marzo 26, 2009

Perfume

--Eras tan difusa. Tu presencia de carbonilla nos confundía a todos. Te escapabas arenosa de todas las miradas. Y eso que te miraba, sí que te miraba. Todos en el trabajo lo hacíamos. Recuerdo cómo siempre te me alejabas. Buscaba conversación, te hablaba del arte, del amor, del clima. A todo asentías, a todo le sonreías. Luego seguías con tus cosas. Recuerdo tus- labios, tu boca borroneada carmesí. Tus gestos todos, que si tenés suerte se ablandan un segundo y te indican-señalan-inclinan a rutas siempre falsas. Seguías hablando, pero ya no estabas debajo de tu voz. Así, volvía al principio, a tus sonrisas carbonilla, al clima y el arte.
--Eras perfume, perfume. Etérea, imaginarte y verte eran casi lo mismo. Tu sonrisa era igualmente imprecisa en ambos terrenos.

--Un día cualquiera, casi inexplicable como ciertas lluvias o ciertas muertes, aceptaste tomar un café. Hablamos del arte, del amor, del clima. Yo esperaba a que te me fueras de nuevo. Te extrañaba de antemano, buscaba en tus labios aquella sonrisa que nunca supe si era redentora o fatal, pero que siempre anunciaba tu vuelo lejos de mí.
--Finalmente sonreíste. Pero fue distinto; me preguntaste si podía acompañarte a tu casa. Dijiste que estaba oscuro. Yo te hacía en lugares impenetrables en ese momento, pero te escuchaba hablar y algo de vos parecía quedarse ahí conmigo. Seguimos hablando durante todo el trayecto del colectivo. Llegamos y me invitaste a pasar.

--Yo no entendía nada. Me ofreciste algo para tomar y te dije que no gracias. Hablamos un poco más, luego pareció que tomaras una decisión y acercaste tu boca a la mía. Yo no entendía nada. Te besé. Para mí sorpresa tus labios tenían textura, eran de carne y entendí que tenían sangre por dentro. Te besé. Te sacaste la remera y me la sacaste a mí también. Poco a poco te fuiste haciendo más concreta. Ya no volabas: eras mujer, eras aliento caliente y sudor salado. Tanteabas, me buscabas por arriba del jean hasta que decidiste sacármelo también. Fuimos a la cama y entre besos terminamos de desnudarnos. Tu sonrisa ahora se deleitaba antes la promesa de placer; tus gestos ya no inclinaban, tus gestos ahora empujaban. Te pusiste boca abajo y recorrí tu espalda con un soplido. Te contorneabas y tiritabas en cada centímetro; no quisiste aguantar más y sacaste la cadera hacia fuera, echándome hacia atrás. “Cojéme”, dijiste en una súplica vertiginosa.
--Ahí te ví. Tu espalda agitada por la respiración a borbotones, el olor dulzón de tu humedad, tu culo parado invitándome a entrar. Tu culo fáctico, sórdido, salado, denso, constante, demandante, suplicante, bestial, gutural, mecánico-artificial, trémulo-animal, que le urgía, que necesitaba, que rogaba.


--Por eso no se me paró, Ludmila. ¿Me pasás la media que está a tu izquierda, por favor?


 
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